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El primer artista conceptual.

noticias | 26 mayo, 2017

Un atlas para Elizabeth, serie fotográfica de Alfredo Cortina.

Para el historiador de arte Ariel Jiménez, Alfredo Cortina es un fotógrafo cuya obra no parece tomar partido del paisaje, al contrario, permite exhibir “sus disparidades, en su belleza, en su miseria” usando a su esposa, la poeta Elizabeth Shön, como modelo so pretexto de detenerse ante un momento que sin ella habría pasado desapercibido.

 

Una mujer que no mira a la cámara. Que aparece siempre en el lugar incómodo del retrato. Que escala su soledad en la orilla de una playa, en medio de un río o en la maleza de un pueblo muerto. Se llama Elizabeth Shön, una de las voces fundamentales de la poesía venezolana, y a quien su marido, el fotógrafo Alfredo Cortina, retrató una y otra vez como parte de una obra inquietante, perturbadora, acaso teatral, en la que algo está siempre a punto de ocurrir.

Así son las imágenes de Un atlas para Elizabeth, venticuatro fotografías en blanco y negro realizadas entre 1950 y 1965, que exhibidas en la galería La Fábrica, en Madrid, hasta el pasado mes de marzo.

Testigo de una época, pionero de la radio, la televisión, la publicidad y el teatro en Venezuela, Alfredo Cortina trazó la cartografía de un tiempo extinto para hablarnos del nuestro. Un fotógrafo que nunca ejerció la fotografía, pero que la fundó en sus términos contemporáneos, tal y como asegura el comisario de arte latinoamericano del Museo de Arte Moderno de Nueva York, Luis Enrique Pérez-Oramas. Prácticamente desconocido en el universo del arte contemporáneo, una selección de la obra de Cortina se presentó por primera vez en la 30 Bienal de Sao Paulo, en Brasil, en 2012. Poco después, el MoMA presentó una serie de sus fotografías en la exposición Recent Acquisitions from The Museum of Modern Art of New York, durante la celebración de Paris Photo en el Grand Palais, de París.

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Junto con esta exposición, que mostró una parte de la obra de Cortina, La Fábrica editó un volumen de la colección PHotoBolsillo, y en cuyas páginas se reúnen sesenta fotografías con las que se construye un mapa de una Venezuela en pleno proceso de transformación, desde 1936 hasta 1989. El libro, que lleva un prólogo del historiador y comisario de arte moderno, Ariel Jiménez, fue editado en colaboración con el Archivo Fotografía Urbana de Venezuela, institución dedicada a la conservación, difusión e investigación de la memoria de ese país y en cuyos fondos aparecieron, de forma inesperada y dispersa, las imágenes que componen este cuerpo de reflexión y trabajo.

¿Qué hay en la obra de Alfredo Cortina? ¿Qué nos retrata en ella? Pues un raro aire de familia, una forma de mirar que no extraña la nuestra, acaso porque el ojo de Cortina, adelantado a su tiempo, piensa como el nuestro. Composiciones inusuales de naturalezas muertas, puestas en escena, reconstrucciones de personajes en situaciones aparentemente cotidianas y en las que hay una historia escondida, urdida con la mente de quien conoce los mecanismos de la ficción, que controla las claves del guión cinematográfico, televisivo y radiofónico. Alguien que viene del teatro. Que inventa artefactos, que exprime el mundo y extrae de él la pulpa de una fruta reventada contra el suelo: aquello que inquieta, lo que no está dicho y que se completa en el gesto de quien, fuera de esa fotografía, la recibe como un acertijo.

“Por donde se mire, Cortina es un artista contemporáneo. Esas fotos no son retratos, tampoco son exactamente paisajes. Alfredo Cortina se mueve en un ámbito ambiguo. Podríamos decir que él es un artista conceptual, porque trabaja de forma seriada, que es lo que constituye y define el trabajo conceptual. No aborda el paisaje desde la belleza o el exotismo. Está desdramatizado. A veces parece anodino. Él coloca a su mujer, Elizabeth Shön, como una suerte de escala urbana y arquitectónica”, explica Vasco Szinetar, director/curador del Archivo Fotografía Urbana y responsable del hallazgo.

Un atlas para Elizabeth es la serie más inquietante de Alfredo Cortina, de quien se incluyen otras imágenes en este libro publicado por La Fábrica: retratos de las familias venezolanas de provincia en los años treinta, el registro fotográfico de las esquinas de Caracas, una ciudad que justo en esos años se arranca de la ruralidad para inaugurar su progreso. Guarecido detrás del lente, Cortina hace las veces de memorialista. Él no produce fotos acabadas, sino un relato continuo que se parece más al álbum que a la serie. Esa mujer que se repite una y otra vez, como una coordenada o una cicatriz: algo que nos atraviesa.

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Cortina no produce fotos acabadas, sino un relato continuo. Esa mujer que se repite una y otra vez, como una coordenada o una cicatriz: algo que nos atraviesa.

Todas esas claves definen a Alfredo Cortina como un pre-conceptualista, alguien a quien interesaba retratar clínicamente la angustia de una ciudad, un país –la Venezuela de 1950- y un mundo que está cambiando: uno que ya no volverá a ser de la misma forma.

Y es justamente por eso, porque solo la memoria cohesiona y sujeta, que las imágenes de Cortina, las instantáneas de esa mujer, nos incluyen en un atlas. En cada una de esas fotografías hay algo universal, ese lugar que ocupa la soledad de los seres humanos en la intemperie, en las muchas ruinas y las muchas promesas. “Cuánta tierra transita por la sangre”, escribió Elizabeth Shön. Sí, cuánto territorio se derrama entre lo que fue y lo que ha sido, esos abismos que no se eligen porque llegan a nosotros. Así aparece ella ante quien la mira: como un vértigo. Así es Alfredo Cortina. Alguien que nos piensa, que nos retrata y nos anticipa.

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