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Un cigarrillo y un café

Una Foto un Texto | 29 noviembre, 2017

Por Milagros Socorro.-¿Qué nos parece tan imposible en esta fotografía? ¿Por qué nos da la impresión de haber sido tomada en otro país y en otra era? La luminosidad es la misma. No es que ya en Caracas no existan días tan espléndidos, atmósferas tan brillantes ni aires tan transparentes. Es posible que los jardines no tengan ya esas hojas que se adivinan verdes y húmedas. Confiadas e ingenuas, esas plantas ignoran que en pocas décadas serán pisoteadas por tropas destructoras, que se asegurarán de que no quede nada tan armonioso: todo que lo que se veía cuidado y regido por una planificación, evidenciaba años amables, avenimiento entre las clases, autoridades locales responsables y un espacio público proclive al intercambio, la charla, el debate y la crítica. Todo eso es anatema para el totalitarismo depredador que en mala hora cayó sobre Venezuela.

El hombre sentado, que nos ofrece su noble perfil es el periodista Carlos Eduardo Misle, mejor conocido como Caremis, acróstico formado por las primeras sílabas de sus nombres y apellido. En el envés de la gráfica pone: “Brújula columna y media”, por lo que suponemos que acompañó el espacio de prensa de ese nombre, que Caremis, (Caracas 14 de marzo de 1924 – l6 de febrero de 2004),publicaba en El Universal. La foto, de hecho, es una de las piezas de la Corototeca, fondo creado por Misle, en 1931.

El fotógrafo apretó el obturador cuando el vendedor de café daba la espalda y el cliente apuraba el primer sorbo. La temperatura y aroma de la bebida son datos que percibimos aquí con toda claridad: hay un mínimo rictus que evidencia el ardor en la lengua (pero la persistencia en el consumo nos habla de la delicia del perfume, imposible de resistir).

Son imposibles: la instalación portátil del vendedor de café, lustrosa, compleja, sin abolladuras ni remiendos, sin ausencia de repuestos; el prominente anillo de Misle, que nadie en su sano juicio saca de su casa en estos tiempos; el maletín acomodado detrás de la silla plegable, ¡a espaldas del dueño! (no se le pasa por la mente cuán fácil sería sustraerlo de un solo gaznatón); la misma silla plegable, con peladuras solamente en la barra donde se ponen los pies, de resto está cromadita, limpia, incluso con las patas completas. Pero lo más inverosímil es la sonrisa del limpiabotas, cuya mirada se cruza con la del fotógrafo. En esa simultaneidad hay una coincidencia que suspende la lucha de clases. Es un hombre humilde, pero muy bien calzado y su contextura, así como el brillo del cabello, los ojos y los dientes, revelan que su consumo calórico es completo e incluso podría rebasar un pelín sus requerimientos. No hay hambre en esta foto, ni ruindad ni resentimiento.

Muy probablemente, Caremis preparaba una nota de color sobre el centro de la ciudad. De hecho, era conocido como notable esquinólogo, razón por la cual la Cámara Municipal le encargó, junto con Rafael Valery y Alvaro Páez Pumar, un proyecto para la reordenación de las esquinas de Caracas.

Lo que le interesaba a Misle era la conservación de la memoria. Cualquier objeto para él tenía un valor de reminiscencia y fijación de un mundo, de allí que conformara la Corototeca, variopinta colección reunida a lo largo de siete décadas, donde había muchas fotografías, incluidas las de importantes figuras, como Federico Lessman y Luis F. Toro (Torito), quienes documentaron la Caracas del finales del XIX y principios del siglo XX; y también revistas y recortes de prensa, postales, barajitas, tarjetas de vista, libros raros, películas, almanaques y objetos de muy diversa naturaleza.

Con ese sorprendente acervo, Misle hacía columnas, exposiciones, libros,  préstamos para las investigaciones de otros autores, así como su programa de televisión llamado, sin más rodeos, “Corototeca de Caremis”, en la Televisora Nacional.

No hubiera podido adivinar jamás, este pertinaz cronista de Caracas, que su sola estampa, formando una trinidad con dos personajes populares del casco central caraqueño, constituiría a poco más de un decenio de su muerte, una estampa poderosamente subversiva de lo que Venezuela llegó a ser; patrimonio que con entusiasmo suicida puso en manos de un ejemplar rural, rabiosamente enemigo de estas escenas risueñas, civiles y de resplandeciente urbanidad.

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